lunes, 21 de septiembre de 2009

Cantantes de escenarios rodantes

No hay una situación menos común en el trasporte de Quito que ir acompañado por cantantes. Unos me alegran el momento con sus canciones bailables; otros, en cambio, me hacen imaginar en lo trágico que pueden ser sus vidas.

¿Cómo se puede vivir sólo del canto? ¿Cómo eligen y por qué sus temas? ¿Son cantantes frustrados o cantantes a la fuerza? No lo sé. Pero hay cada dupla y cada solista que al igual que ciegos, inválidos y padres desesperados han encontrado en esos hierros móviles su única plaza de trabajo.

Estos audios los grabé durante innumerables viajes por la ciudad. De norte a sur y de sur a norte. Esta fue la mejor manera que encontré para contar su historia: que ellos –con su música- la transmitan.

Pero de todos, los más cautivantes sin duda son los niños. A veces, son un par de hermanos que llevan cargado a otro más pequeño y así cantan un par de canciones que terminan en un ¡Ouh! ¡Ouh! O son dos amigos, un niño blanco y otro negro, que entonan música religiosa y con buen ritmo. Y después del show recorren por los puestos vendiendo golosinas o solo pidiendo dinero.



Las personas con discapacidad también han recurrido a esta forma de trabajo. Por ejemplo, (y tal vez muchos los han visto) hay una pareja de no videntes que siempre va en el Trolebús. Es una señora de muy baja estatura, quizá de 1,50 m, cuyos ojos se ven nublados, tiene cabello largo, negro y lo lleva recogido con una liga. Su pareja (aunque no estoy segura si es su esposo, novio o hermano) es un señor de unos 38 años; él lleva la grabadora que sirve para poner el fondo musical, pero no parece ciego en su totalidad. Ambos van con bastones y mochilas.



Hay quienes se suben con sus instrumentos musicales. La semana pasada me encontré en el Trolebús con un colombiano que llevaba un tambor pintado de colores verde y naranja. Dijo que era del Valle del Cauca y se cantó “La caderona”. Fue toda una fiesta a pesar de que eran las 18:00 y la unidad iba repleta.





Por allí también pasan raperos, baladistas, merengueros. Unos gozan y vibran cantando y si nadie les da una moneda no muestran su molestia porque -quizá- hacen lo que más les gusta. No obstante, a algunos se les nota -quien sabe tras cuántas cantadas- las voces roncas y el desgano en sus presentaciones. Por el cansancio se permiten uno que otro ‘gallo’ (una nota mal entonada). Llevan ternos a pesar de que en Quito los soles del medio día son insoportables. O en la noche, van en camisa, jean y una guitarra a la espalda. Esta es su música:









domingo, 16 de agosto de 2009

Twiteros se subieron al Trolebús y contaron sus experiencias

Éste es quizás una de mis experiencias más gratas en periodismo digital hasta el momento. Esta idea tiene su origen en un taller de Experimentos periodísticos en la web de la Fundación Gabriel García Márquez, en el que estoy participando.

Ocurrió un miércoles cualquiera en la ciudad de Quito. Cinco personas se subieron al Trolebús y contaron desde allí a través de Twitter lo que veían en ese momento. La transmisión, por lo tanto, fue en tiempo real y fue seguida por la comunidad local de esta red social.

Al siguiente día, el tema aún se debatía por Twitter, hubo análisis y hasta un programa de la radio Multimedios recogió esta experiencia para contarla a sus oyentes.

En esta ocasión doy gracias nuevamente a quienes se acogieron a esta iniciativa y les invito a seguir ‘twitteado’ desde el trole, desde la ecovía, desde los buses... No dejen de contar sus historias como pasajeros de esta selva urbana llamada transporte público. Yo lo hago también por twitter.

domingo, 28 de junio de 2009

El flautista


De pronto empezó a tocar la flauta. Arrimado a uno de los tubos del bus, las notas que salían del instrumento musical del niño libraran una dura batalla con el merengue que tocaba en ese momento la radio del bus.

Parecía que a Javier no le importaba si era o no escuchado. Acomodado en un rinconcito, tocaba casi ensimismado La Naranja mientras la mochila que iba junto a sus pies se resbalaba por los saltos del transporte. Era solo él y su flauta.

El bus se presta para muchas actividades de última hora. Uno puede desde terminar de comer el desayuno, hacer los deberes, repasar por última vez (o por primera vez) la lección, maquillarse y hasta peinarse.

Pero lo que hacía el niño de 11 años me llamó la atención. Es poco común ver a un pequeño artista que hace música solo por vocación y que prefiere no llamar la atención de los pasajeros.

Eran las 06:30 y ya se encontraba en camino a su escuela, ubicada en el centro de Quito. Sus manos prietas resaltaban sobre la blancura de la flauta y se veían muy desamparadas del saco color marino que dejaba ver una parte de su brazo.

Terminó de tocar “La Naranja” y empezó con la canción de “los indios”. Así me lo dijo después de que lo interrumpí brevemente para preguntarle si le puedo tomar una foto. Me dio un sí efusivo y siguió en su menester.

Pero eché a perder su concentración. Ahora se fijaba más en la cámara que en su instrumento y sus notas bajaron de nivel. Y digo eso porque antes de mi inoportuno error, su música sonaba muy acompasada y melodiosa.

Me gané su confianza y me dijo que esa flauta le había costado 2 recreos. La guardó en su estuche azul y la metió en su mochila para conversar por un momento conmigo. “También toco el violín, pero mi mami no me deja llevarlo”, siguió.

Practicaba en el bus porque estaba preparándose para un concurso y además de las dos canciones anteriores entraba también en su repertorio “La Chola” que no pude oir. Me bajé del bus antes que él y hasta la fecha no lo he vuelto a ver.


domingo, 17 de mayo de 2009

El paisaje de un viaje




















miércoles, 29 de abril de 2009

Un “común” viaje en el metrobús

Hace poco me llegó un correo de una estudiante de la Universidad Central de Ecuador contándome sobre sus viajes ‘típicos’ en el metrobús de Quito. Ella cuenta cómo una señora de la tercera edad tuvo que gritar y golpear para conseguir un puesto. ¿Aún creen que hay caballeros en Quito? Aquí su historia:

Por Verónica Quito:

Son las 20:30 y me dirijo a la parada Marqués de Varela para tomar el metro. El lugar está a reventar pues a esa hora casi todos los estudiantes salimos de clases.

Luego de aproximadamente 10 minutos llegó la primera unidad. Por la primera puerta, una señora subió con su bebé en brazos y el chofer a través del parlante solicitó muy comedidamente que algún “caballero” (de los casi ya extintos) le ceda el asiento.

Los más ‘vivos’ se hicieron los dormidos, otros los de los oídos sordos y otros miraron por la ventana. Pero nunca falta el osado que murmulla entre la gente: “caballeros hay, lo que no hay es asientos”.

En ocasiones, hay quienes piden a uno de los ‘sordos’ que ceda el asiento a la señora y es usual escuchar respuestas como: “y yo ¿por qué? Por algo estoy pagando MÍ pasaje”.



Claro, lastimosamente tampoco pude colaborar en la tarea, pues en esta ocasión iba de pie. Aquel día una chica fue quien se puso de pie…

La misma situación se repite cuando se trata de mujeres embarazadas o personas de la tercera edad.

Una vez ocurrió lo siguiente: en la parada del Seminario Mayor subió una anciana con algunos bultos, mientras se abría paso entre la gente con un palito y gritando ¡déme permiso! ¡Déme permiso!

Con astucia, la mujer llegó hasta uno de los asientos individuales ubicados cerca a la segunda puerta del metro. En éste iba sentado un muchacho de colegio, quien tuvo que levantarse del lugar por los gritos de la anciana y de los palazos que disimuladamente le dio en las piernas.

La escena me causó gracia y me pregunté: ¿esta es la forma para que la juventud y todos recuperemos el comedimiento?

sábado, 25 de abril de 2009

Los tacos no se llevan con los caballeros

Todas las noches y antes de acostarme preparo la ropa que usaré al día siguiente. Y cuando llega la hora de escoger los zapatos me detengo y pienso: “podré viajar sentada mañana”.

Si la respuesta es no, modifico toda la mudada para combinarla con zapatos bajos, por general deportivos o elijo las botas de gamuza sin taco. Pero hay días en que la vanidad puede más y me arriesgo a utilizar unos con taco alto.

¿Sabe usted cuánto sufre una mujer que camina largas distancias con tacos aguja y encima va parada en el bus? Pues mucho. Y a muchas a veces no nos importa.

En mi caso, después de salir de mi casa, mi caminata en tacos altos dura 10 minutos. Las calles de adoquín y las veredas empinadas son una trampa permanente. De hecho, pienso que esta ciudad no es apta para las transeúntes con tacos. Éstos se meten en los huecos de las calles, se ensucian cuando se atraviesa el césped y es difícil correr con ellos.


Y eso solo hasta llegar al bus. Una vez que subes a uno te encuentras con la mala noticia de que no hay asientos. Y si hay algo que desea una mujer en ese momento con todas sus fuerzas no es un mejor sueldo, ni un viaje por Europa, ni un novio. Es solo un asiento.

Entonces comienza la cacería: todas sin importar los zapatos que estemos usando vigilamos a los sentados. Un sonido de monedas, alguien que se pone el bolso al hombro o ve por la ventana como adivinando su parada, son las señales más claras de que esa persona pronto se bajará del bus.

La afortunada será quien más cerca está al asiento. O la que cruza el brazo de tal manera que cierra el paso a todo pasajero menos al que se va a bajar, con el fin de asegurarse el preciado tesoro.

Sin embargo, la mayoría de veces los que se bajan son los parados. Y cuando vuelves a dar un vistazo, los asientos siguen ocupados… ocupados por hombres.

Desde que tengo uso de razón, recuerdo esta regla: los caballeros deben ceder el asiento a las damas. Quizá por ello me indigno cada vez que subo a un bus y veo hombres, la mayoría jóvenes, sentados y absortos en la música de su iPod.

En el trole siempre cuento cuántos hombres y cuántas mujeres van sentados. Hoy, por ejemplo, de los 12 lugares que están cerca de la segunda puerta, 8 están ocupados por hombres.

Por suerte, en este tipo de transporte los asientos son más fáciles de conseguir. Mi estrategia es siempre ubicarme cerca de los asientos de la segunda puerta. No se por qué pero son los que más pronto se desocupan.


Cómoda y con los pies aliviados por un momento, empiezo a maquillarme. Pero puede suceder que una mujer embarazada o con niños en brazos se sube al trole. El chofer suele pedir por el parlante: “un caballero por favor que ceda el asiento a la señora con el niño”. Alguien con mala gana se levanta y la mujer puede sentarse.

Sin ese llamado de atención, ¿alguien sería capaz de dejar su asiento? Pero cuando la indiferencia de los hombres es irritante, me levanto y cedo –con los pies medio adoloridos- mi asiento.

En realidad lo hago porque cuando esté en esa situación no me gustaría viajar parada. Mi madre siempre recuerda que en una ocasión tuvo que viajar embaraza de seis meses, con mi hermano de 2 años y parada en un bus repleto de gente indiferente. ¡Qué indignante!


¿Existen los caballeros? O ¿solo es un mito urbano que un grupo de damas se inventó en alguna época? Y si los hay, ¿en qué medio de transporte viajan? Por lo menos en Quito, no es usual encontrase con uno.

¡Un momento! Una vez conocí a uno. Fue cuando de regreso a mi casa me subí a un bus con un terrible malestar estomacal. A penas entré al vehículo, empalidecí y tuve nauseas. Sin darme cuenta me paré junto a un chico que al verme descompuesta me cedió el asiento. Le estoy muy agradecida.

domingo, 19 de abril de 2009

¡A empujar el trole!

Era un jueves de abril que se presentaba como normal: me bañé, desayuné, me despedí de mis padres y de mi perro, caminé hasta la parada, subí al bus, viajé parada y me bajé en la Estación Norte del trole.

Iba con el tiempo justo para llegar al trabajo. Cuando se es pasajero, cada acción está cronometrada de tal forma que un solo imprevisto hecha a bajo el plan del viajero.

Aquel día no podía haber ninguno. Tenía que llegar a las 09:00 al diario, ponerme al tanto de las noticias de ese momento y luego reunión a las 09:30. Todo eso en el sur.

Corrían las 08:15 y seguía en el norte. Al llegar a la Estación, me encontré con filas interminables de decenas o quizá cientos de personas que buscaban abordar la primera la unidad que llegara. Pero no había ninguna.





Mi plan de viaje empezaba a derrumbarse. A esa hora, cuando media ciudad intenta ir a sus trabajos, las filas suelen ser largas pero no interminables. Aquello era un hecho inusual que comenzaba a molestar al gentío. “¿Qué pasa pues?”, gritaban algunos ante la escasez de unidades y mientras los parlantes de la Estación permanecían en silencio.

Los ‘vivos’ intentamos evadir la multitud y llegar lo más cercano posible hasta donde se encontraban los primeros de la fila. Después de serpentear entre la gente me di cuenta que no habían “primeros”. Lo que había era un tumulto de gente dispuesta a entrar como sea en el primer trole que se presentara.

El frenesí que se sentía en ese lugar me intimidó, así que me devolví por el mismo camino y esperé -ya resignada al atraso- a tomar una unidad con más calma.

08:22: ¡trole a la vista! Los empujones y correteos comenzaron, en tanto que dos guardias hacían lo que podían para pedir a cientos que hagan fila. Nadie les hacía caso.

Una avalancha humana se agolpó contra la unidad. En las puertas del trole, diseñadas para el ingreso de hasta 2 personas, se podía ver cómo grupos de 10 personas querían ingresar al mismo tiempo.

En la confusión, una mujer se cayó junto a las llantas del trole que estaba estacionado llenándose de gente. Y mientras uno de los guardias la ayudaba, el timbre que indica que la unidad debe salir de la Estación sonó. “¡Espere! ¡Espere!”, gritaron los pasajeros hasta que la mujer subió al andén y el trole partió.









Siguiente unidad. La escena anterior se repitió pero esta vez nadie se cayó junto a las llantas de este transporte de 17,8 toneladas de peso. Mas bien, fui testigo de uno de los momentos más curiosos que he vivido como pasajera. Y comenzó así:

Cuando llegó otro trole, éste se estacionó mal. Para quien no conoce cómo funcionan las paradas, el trole debe detenerse de manera tan precisa que sus puertas de ingreso calcen de forma exacta con las puertas de abordaje. Pero este trole no lo hizo así: cuando abrió sus tres puertas, la última se atascó con el filo de cemento del andén.

Ya lleno, intentó cerrarlas. Por supuesto la última puerta falló y mientras no estén complemente cerradas la unidad no se mueve. Así que los dos guardias se subieron a las barandas de seguridad, que impiden que la gente se caiga hacia la calle por donde circula el trole, y empezaron a empujar a ese gigante de hierro.

¡Querían mover 17,8 toneladas con decenas de pasajeros en el interior! Al ver sus rostros desencajados, varios hombres se subieron también a las barandas y ayudaron en la tarea.

Entre todos lograron mecerlo y un pasajero se bajó del andén para desatascar la puerta. El improvisado equipo consiguió su objetivo y con la puerta totalmente cerrada el trole siguió su camino…









Después de 20 minutos, abordé uno. También lo hice a empujones y atropelladamente. Hace mucho que no me habían sacado el aire para ingresar a un trole. El tumulto me llevó en el aire hasta el interior de la unidad. Adentro me botaron contra una señora que estaba sentada y con las respectivas disculpas pasé a buscar un lugar más holgado para ir parada.

Más tarde, pregunté al chofer por qué hubo pocas unidades a esa hora de alta concurrencia. Me contó que un trole se había dañado después de la parada Santo Domingo. Esto impidió por 10 minutos que los troles que iban desde el sur hasta el norte llegaran a su destino. La causa del daño: una puerta mal cerrada.

Ese día llegué tardísimo.

miércoles, 25 de marzo de 2009

El niño sin ojo

Un ciego, un minusválido, un sordomudo. Quién no ha visto a una persona con discapacidad en los buses tratando de llamar la atención para conseguir unos centavos en cada viaje.

Su presencia es parte de la selva llamada transporte público. Sin embargo, cada uno es único así repitan el mismo discurso (reciban este caramelo sin ningún compromiso…), la misma estrategia (chantaje moral) y hasta las mismas tragedias (enfermedades terminales, accidentes de tránsito, hijos enfermos).

Pero de las decenas que he conocido este es uno de los casos más impactantes:

Me encontraba en el trolebús camino al trabajo. Entre empujones y jalones conseguí uno de los asientos ubicados al lado derecho.

Era alrededor de las 15:00 y a esa hora el sol pegaba en el rostro de los pasajeros que íbamos en ese lado de la unidad -todo es soportable mientras vayas sentado-.

Salimos de la Estación Norte rumbo al sur. El viaje transcurría con normalidad hasta que un niño se subió en la parada Cumandá, a la altura del Terminal Terrestre de Quito.

Nadie lo notó hasta que estalló en llanto. En ese momento todos los que estábamos cerca nos volvimos para ver la escena de un niño sin su ojo izquierdo. Una lacra que reemplazaba a su ojo contaba por sí sola la tragedia por la que había pasado. No tenía más de 13 años.




El niño no paraba de llorar y al mismo tiempo caminaba por el pasillo con su mano extendida. Los que estaban parados se apegaban a los asientos para no ser rozados por el desdichado. Otros mirábamos por la ventana y hacíamos un gran esfuerzo para huir de esa desgarradora realidad.

Lloraba como si hace solo unos minutos le habían quitado la mitad de su visión. Estupefactos, la mayoría le dio unos centavos. Recorrió todos los vagones del trole y se bajó una parada antes del final del recorrido.

Fue en ese momento cuando lo pude ver mejor. Era un niño flaco, que cojeaba con naturalidad pues al parecer convivía con esa lesión desde hace mucho tiempo. Tenía el cabello de color negro y cerdoso, llevaba unos jeans desteñidos y un saco azul marino.

A la salida de la parada se encontró con otros niños que llevaban bolsas de caramelos y cajones de lustrabotas…

En aquella época, trabajaba en el diario en horario nocturno. Así que todos los días tomaba el trolebús a las 15:00. Y durante unos tres meses, un par de veces a la semana, el niño se subía a la misma unidad en la que yo me encontraba.

Uno de esos días, logré conseguir un asiento junto al pasillo. El niño se subió y empezó a llorar, mientras yo hacía el esfuerzo de abstraerme de su tragedia de nuevo.

Cuando llegó a mi asiento, el niño tocó mi hombro para obligarme a ver su desgracia y a darle una moneda. Lloraba con la boca abierta y de su único ojo no salía ni una sola lágrima.

El menor había creado una especie de estrategia para la mendicidad que no necesitaba de discursos, golosinas o canciones. ‘¡Solo mírenme!’, tal vez se decía cada vez que se subía a un trasporte.

Nunca le di una moneda.

sábado, 7 de marzo de 2009

Historial de una eterna pasajera de bus

Soy una ‘fiel seguidora’ de los buses públicos de Quito. Fiel porque a la mayoría nos toca utilizarlos y seguidora por si que hay que correr para subirse a uno.

Mi ‘look’ trata de ser también al estilo ‘bus tipo’: prefiero usar zapatos bajos para aguantar largos viajes y pisotones, y evito la ropa blanca por si acaso alguien sea propenso a los mareos. Así por lo menos disimulo las manchas.

Todos los días atravieso la ciudad de norte a sur. Vivo en Carapungo, un barrio del extremo noroccidental de la capital, y trabajo en San Bartolo, a media hora de Machachi, la salida sur de Quito.

Viajo en promedio de 3 a 4 horas de lunes de viernes. Eso es como hacer un viaje de Quito hasta Tulcán o dos viajes (ida y vuelta) desde Carapungo hasta Ibarra. Viajo casi 24 kilómetros por día, cuando la ciudad a lo largo mide aproximadamente 35 kilómetros.

Mi recorrido diario


He probado de todo. Translatinos, Calderones, Tesur, Transplaneta, Quiteño Libre, Catar, Vencedores (esas son cooperativas de bus) hasta Trole, Ecovía y Metrobus (sistemas de servicio masivo de transporte).

Bueno, mi historia en los buses comenzó así:

A los 5 años (mi experiencia inicia desde mucho antes de mi nacimiento, pero a esa edad llegué a vivir a Carapungo en 1988 y desde entonces datan mis recuerdos más claros sobre el transporte) empecé en los buses de ‘grandes trompas’. Eran aquellos cuyo motor estaba en la parte frontal de la carrocería.

Botaban humo a bocanadas y las personas debían hacer 3 filas en los pasillos del bus junto con la carga que llevaban hacia el centro de la ciudad.

Un bus 'trompudo'

A pesar de que salían con gente hasta en el último centímetro de su última grada, no faltaba el “siga para atrás”. Esa fue y es la frase de los choferes que desde entonces no he dejado de escuchar.

De aquella época recuerdo con claridad mis frecuentes mareos. No hay peor vergüenza que vomitar en público. Una vez una niña mayor a mí quizá por un par de años iba sentada a mi lado. Iba muy tranquila junto al pasillo del bus. Mientras yo, tras dos horas de viaje, empecé a sentir ese sabor salado en la boca que anuncia una desgracia. La ventana estaba herméticamente cerrada. Para entonces ya no podía pedir ayuda, pues ya sentía esos líquidos ácidos que quería estallar en mi garganta. Y ¡splash!

Si hay algo peor que vomitar son los segundos después al vómito. No sabes cómo reaccionará la gente que está a tu alrededor. Y de la niña solo esperaba que me siga con el coro de vómitos. Por suerte, con una gran naturalidad y sin el menor asco me dio papel higiénico. Me dijo que estaba acostumbrada a esos casos…

A los 11 años, tuve que enfrentar otro miedo: viajar sola. Eran mis primeros días en el colegio y el viaje me llevaba unos 15 minutos. Pero el temor a pasarme de parada me hacía sudar la nariz.

Así que hice una guía mental: memoricé rótulos, negocios, edificios, colores, árboles. De esta forma aprendí que las paradas que cuentan son las informales, aquellas que con el tiempo se vuelven sitios referenciales de desembarque y son ajenas a cualquier norma municipal. Mis primeras paradas fueron ‘la del Supermaxi’ a la ida y ‘la del arbolito’ al regreso.

Para la universidad ya era una experta. Mejoré mi técnica para bajarme al ‘vuelo’ del bus. Bajarse al ‘vuelo’ significa saber volar por unas milésimas de segundo desde la última grada de la puerta del bus hasta la acera. Y cuando uno toca el suelo es indispensable saber aterrizar: rebote y correteo por unos segundos hasta bajar la adrenalina del vuelo.

Para entonces también se me había quitado los mareos. Con tanto viaje el estómago llega acostumbrarse. Sabía muy bien dónde quedaban mis paradas y si me pasaba conocía cómo regresar sin problema.

El transporte también había mejorado. Tenía más posibilidades de ir sentada gracias al bus ejecutivo.

En esos buses estaba prohibido llevar pasajeros parados. Pero todo chofer llevaba siempre unos cuantos y si en el trayecto divisaba algún policía pedía a los parados que se agachen y escondan lo mejor que puedan. ¡Por suerte odio las faldas! La necesidad de llegar a un lugar era más fuerte que esa incomodidad.

Con el tiempo, las cooperativas de buses se dieron cuenta que así no funcionaba bien el negocio. La modalidad del bus ejecutivo cambió al bus tipo, la versión moderna de los buses ‘trompudos’ de mi infancia.

El bus tipo visto desde adentro

Ahora mis viajes son mixtos. Utilizo el bus tipo hasta llegar a la Estación Norte del Trole y allí tomo una unidad hasta la Estación Sur. Mi ventaja con este medio fue llegar al sur en apenas 40 minutos.

Estación Norte del Trole

Pero viajar en Trole también me ha permitido conocer mejor mi ciudad y su gente. Estoy convencida que el transporte es la columna vertebral de un lugar. Condiciona su forma y calidad de vida, y va más allá de un simple medio de transporte, pues también es un medio de supervivencia, de trabajo, de comunicación… Si alguien quiere conocer bien la cultura, las necesidades y la forma de pensar de una sociedad debería viajar en bus.

martes, 24 de febrero de 2009

El asesor de alcaldes va en bus

Sábado, 18:00. Lo único que espero es subir a un bus, ir sentada hasta mi casa y escuchar música en el trayecto.

Ese día tomé uno en la intersección de las avenidas Colón y 10 de Agosto. Por suerte iba casi vacío así que pude sentarme. Y por suerte mi grabadora aún tenía pilas y pude escuchar música.

El bus hab­­­ía pasado la Y y se detuvo por unos minutos en la Estación Norte del Trole. Esta es una parada obligatoria. Hasta allí llegan muchos capitalinos para tomar los buses que los llevarán a sus destinos finales.

Fue ahí donde, entre una decena de personas, se subió un individuo. “Pare la música por favor señor chofer”, dijo. “¡Un vendedor! ¡A esta hora!”, dije.




No tenía fundas ni maletines. Sus canas pintaban un rostro de unos 48 años y vestía un buzo rojo y jeans.

Iba a subir el volumen de mi grabadora cuando le escuché decir: “El otro día me reuní con Paco (ex alcalde de Quito) y le dije señor alcalde hay que cambiar el diseño de las paradas”.

Su reflexión era la siguiente: las paradas en la capital tienen un grave problema y ese era que no cubren nada. Quito, ciudad de lluvia permanente, tiene paradas con aberturas entre el espaldar y la cubierta que permiten pasar el agua.

No me pareció nada descabellada su afirmación. Ahora que lo pienso los asientos que están en estas paradas siempre están mojados y pocos pueden cubrirse totalmente de la lluvia.


Pero enseguida creí que se trataba de una campaña. Las elecciones generales se avecinan y hacer política en los buses es inusual pero posible.

No. Se trataba solo de un vendedor, un vendedor de ideas. ¿Qué hacía un vendedor de ideas, en un bus, sábado, 18:00? Pues, al igual que otros de su clase, buscaba unos centavos.

Su charla se volvió interesante. Sacó varios papeles emplasticados, un par de ellos con fotografías de edificios en Quito y Guayaquil. Según él, esas obras fueron realizadas después de que las pidiera a Paco y a Jaime Nebot (Alcalde de Guayaquil) en beneficio de esas ciudades.

Ahora, su pedido era la construcción de mejores y más paradas. Y me hizo notar un detalle. Desde la Estación del Trole hasta Carapungo, donde vivo, no hay ni una sola parada. Y es cierto. Son más de 9 kilómetros donde los pasajeros esperan los buses bajo casas, locales o puentes.

Así que compré su idea. Al final de su exposición de 15 minutos le di un par de monedas para la publicación de esta y más ideas en otro libro. “La juventud es la que más apoya”, dijo cuando recibió mis 50 centavos de dólar. Entonces aproveché para preguntarle en dónde podría conseguir sus otros libros de los 10 que dijo había publicado. Se puso nervioso pero al final me dio el nombre de una librería y siguió recogiendo monedas en los siguientes asientos.

El hombre se bajó en el puente de Carcelén a 10 minutos de Carapungo y se perdió entre la gente que esperaba un bus bajo ese puente. Y momentos más tarde, en la siguiente parada se subía otra decena de personas empapadas por la lluvia.