sábado, 7 de marzo de 2009

Historial de una eterna pasajera de bus

Soy una ‘fiel seguidora’ de los buses públicos de Quito. Fiel porque a la mayoría nos toca utilizarlos y seguidora por si que hay que correr para subirse a uno.

Mi ‘look’ trata de ser también al estilo ‘bus tipo’: prefiero usar zapatos bajos para aguantar largos viajes y pisotones, y evito la ropa blanca por si acaso alguien sea propenso a los mareos. Así por lo menos disimulo las manchas.

Todos los días atravieso la ciudad de norte a sur. Vivo en Carapungo, un barrio del extremo noroccidental de la capital, y trabajo en San Bartolo, a media hora de Machachi, la salida sur de Quito.

Viajo en promedio de 3 a 4 horas de lunes de viernes. Eso es como hacer un viaje de Quito hasta Tulcán o dos viajes (ida y vuelta) desde Carapungo hasta Ibarra. Viajo casi 24 kilómetros por día, cuando la ciudad a lo largo mide aproximadamente 35 kilómetros.

Mi recorrido diario


He probado de todo. Translatinos, Calderones, Tesur, Transplaneta, Quiteño Libre, Catar, Vencedores (esas son cooperativas de bus) hasta Trole, Ecovía y Metrobus (sistemas de servicio masivo de transporte).

Bueno, mi historia en los buses comenzó así:

A los 5 años (mi experiencia inicia desde mucho antes de mi nacimiento, pero a esa edad llegué a vivir a Carapungo en 1988 y desde entonces datan mis recuerdos más claros sobre el transporte) empecé en los buses de ‘grandes trompas’. Eran aquellos cuyo motor estaba en la parte frontal de la carrocería.

Botaban humo a bocanadas y las personas debían hacer 3 filas en los pasillos del bus junto con la carga que llevaban hacia el centro de la ciudad.

Un bus 'trompudo'

A pesar de que salían con gente hasta en el último centímetro de su última grada, no faltaba el “siga para atrás”. Esa fue y es la frase de los choferes que desde entonces no he dejado de escuchar.

De aquella época recuerdo con claridad mis frecuentes mareos. No hay peor vergüenza que vomitar en público. Una vez una niña mayor a mí quizá por un par de años iba sentada a mi lado. Iba muy tranquila junto al pasillo del bus. Mientras yo, tras dos horas de viaje, empecé a sentir ese sabor salado en la boca que anuncia una desgracia. La ventana estaba herméticamente cerrada. Para entonces ya no podía pedir ayuda, pues ya sentía esos líquidos ácidos que quería estallar en mi garganta. Y ¡splash!

Si hay algo peor que vomitar son los segundos después al vómito. No sabes cómo reaccionará la gente que está a tu alrededor. Y de la niña solo esperaba que me siga con el coro de vómitos. Por suerte, con una gran naturalidad y sin el menor asco me dio papel higiénico. Me dijo que estaba acostumbrada a esos casos…

A los 11 años, tuve que enfrentar otro miedo: viajar sola. Eran mis primeros días en el colegio y el viaje me llevaba unos 15 minutos. Pero el temor a pasarme de parada me hacía sudar la nariz.

Así que hice una guía mental: memoricé rótulos, negocios, edificios, colores, árboles. De esta forma aprendí que las paradas que cuentan son las informales, aquellas que con el tiempo se vuelven sitios referenciales de desembarque y son ajenas a cualquier norma municipal. Mis primeras paradas fueron ‘la del Supermaxi’ a la ida y ‘la del arbolito’ al regreso.

Para la universidad ya era una experta. Mejoré mi técnica para bajarme al ‘vuelo’ del bus. Bajarse al ‘vuelo’ significa saber volar por unas milésimas de segundo desde la última grada de la puerta del bus hasta la acera. Y cuando uno toca el suelo es indispensable saber aterrizar: rebote y correteo por unos segundos hasta bajar la adrenalina del vuelo.

Para entonces también se me había quitado los mareos. Con tanto viaje el estómago llega acostumbrarse. Sabía muy bien dónde quedaban mis paradas y si me pasaba conocía cómo regresar sin problema.

El transporte también había mejorado. Tenía más posibilidades de ir sentada gracias al bus ejecutivo.

En esos buses estaba prohibido llevar pasajeros parados. Pero todo chofer llevaba siempre unos cuantos y si en el trayecto divisaba algún policía pedía a los parados que se agachen y escondan lo mejor que puedan. ¡Por suerte odio las faldas! La necesidad de llegar a un lugar era más fuerte que esa incomodidad.

Con el tiempo, las cooperativas de buses se dieron cuenta que así no funcionaba bien el negocio. La modalidad del bus ejecutivo cambió al bus tipo, la versión moderna de los buses ‘trompudos’ de mi infancia.

El bus tipo visto desde adentro

Ahora mis viajes son mixtos. Utilizo el bus tipo hasta llegar a la Estación Norte del Trole y allí tomo una unidad hasta la Estación Sur. Mi ventaja con este medio fue llegar al sur en apenas 40 minutos.

Estación Norte del Trole

Pero viajar en Trole también me ha permitido conocer mejor mi ciudad y su gente. Estoy convencida que el transporte es la columna vertebral de un lugar. Condiciona su forma y calidad de vida, y va más allá de un simple medio de transporte, pues también es un medio de supervivencia, de trabajo, de comunicación… Si alguien quiere conocer bien la cultura, las necesidades y la forma de pensar de una sociedad debería viajar en bus.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

El sistema de transporte de Quito cambio un poco con la venida del trole,es cierto, pero lo injusto es que para los lugares del Valle de los Chillos no esxisten conectores como los hay para los sectores urbanos del Norte, por que tiene que ser estas injusticias, el Sr. Alcalde deberia ser ecuanime en dar los beneficios del trole a toda la ciudadania que viven en los suburbios del Valle.Hoy en la actualidad el trole esta saturado y ya se nesecita de un transporte de mayor envergadura, y el tren aereo o subterraneo son la solucion.

Anita Rodriguez-McCaffrey dijo...

Yo tambien vivi lo que vives ahora. Me acuerdo que vivia en los buses. Salia a las 6:30 de la manana desde Sangolqui hacia el terminal terrestre, de ahi tomaba un bus a Tumbaco donde administraba una hacienda. Llegaba a las 9:30. En la tarde tomaba el bus de regreso a Quito a mis clases de ingles and luego a casa. Llegaba a las 10 de la noche. Eran como 6 horas al dia en el bus! Se experimenta mucho en los buses. La gente, los vendedores, los abusivos, la pobreza, la riqueza, la contaminacion, el trafico, el riesgo de la vida misma. En fin esas experiencias forman parte de mi y son una buena historia para contar.
Gracias por tu blog!

Ika dijo...

Uh no ni me digas lo que no soporto de los buses es ese olor a "gente" que hay cuando está a full ynadie abre las ventanas, te juro un dia casi me vomito!

Ah y ni hablar de las veces que he visto robar, a mi esposo le robaron la billetera en el trole unas mujeres que andaban con bebes en brazos, y de las veces que te tocan lo que pueden! no, lo malo es que toca usarlos porque de nada serviria comprar carro familiar, contaminariamos más, reduciriamos espacio en las calles y me moriria de iras en las horas pico!

Saludos y escribe más, lindo tu blog.
\vendrás a visitar :)

Anónimo dijo...

recien leo este blog y me encanta...me ha hecho reir mucho.

Suena increible pero hasta eso se extraña cuando se esta lejos de casa.

Hace tiempo vivo en Europa y Norte America y si bien es cierto que se coge y se baja en las paradas...que los buses pasan a una hora precisa y si te atrasaste te jodiste tambien es cierto que aca jamas escucharas una bulla nisiquiera un murmullo.

Toda la gente con la mirada perdida y como si estuvieran en un funeral.

Si se atreve a preguntar algo al conductor no dudes que te responda compra un mapa cuando mas o que que te indique con el dedo un rotulo en el cual dice "no hable con el conductor"

Saludos cordiales