
Todas las noches y antes de acostarme preparo la ropa que usaré al día siguiente. Y cuando llega la hora de escoger los zapatos me detengo y pienso: “podré viajar sentada mañana”.
Si la respuesta es no, modifico toda la mudada para combinarla con zapatos bajos, por general deportivos o elijo las botas de gamuza sin taco. Pero hay días en que la vanidad puede más y me arriesgo a utilizar unos con taco alto.
¿Sabe usted cuánto sufre una mujer que camina largas distancias con tacos aguja y encima va parada en el bus? Pues mucho. Y a muchas a veces no nos importa.
En mi caso, después de salir de mi casa, mi caminata en tacos altos dura 10 minutos. Las calles de adoquín y las veredas empinadas son una trampa permanente. De hecho, pienso que esta ciudad no es apta para las transeúntes con tacos. Éstos se meten en los huecos de las calles, se ensucian cuando se atraviesa el césped y es difícil correr con ellos.

Y eso solo hasta llegar al bus. Una vez que subes a uno te encuentras con la mala noticia de que no hay asientos. Y si hay algo que desea una mujer en ese momento con todas sus fuerzas no es un mejor sueldo, ni un viaje por Europa, ni un novio. Es solo un asiento.
Entonces comienza la cacería: todas sin importar los zapatos que estemos usando vigilamos a los sentados. Un sonido de monedas, alguien que se pone el bolso al hombro o ve por la ventana como adivinando su parada, son las señales más claras de que esa persona pronto se bajará del bus.
La afortunada será quien más cerca está al asiento. O la que cruza el brazo de tal manera que cierra el paso a todo pasajero menos al que se va a bajar, con el fin de asegurarse el preciado tesoro.
Sin embargo, la mayoría de veces los que se bajan son los parados. Y cuando vuelves a dar un vistazo, los asientos siguen ocupados… ocupados por hombres.
Desde que tengo uso de razón, recuerdo esta regla: los caballeros deben ceder el asiento a las damas. Quizá por ello me indigno cada vez que subo a un bus y veo hombres, la mayoría jóvenes, sentados y absortos en la música de su iPod.
En el trole siempre cuento cuántos hombres y cuántas mujeres van sentados. Hoy, por ejemplo, de los 12 lugares que están cerca de la segunda puerta, 8 están ocupados por hombres.
Por suerte, en este tipo de transporte los asientos son más fáciles de conseguir. Mi estrategia es siempre ubicarme cerca de los asientos de la segunda puerta. No se por qué pero son los que más pronto se desocupan.

Cómoda y con los pies aliviados por un momento, empiezo a maquillarme. Pero puede suceder que una mujer embarazada o con niños en brazos se sube al trole. El chofer suele pedir por el parlante: “un caballero por favor que ceda el asiento a la señora con el niño”. Alguien con mala gana se levanta y la mujer puede sentarse.
Sin ese llamado de atención, ¿alguien sería capaz de dejar su asiento? Pero cuando la indiferencia de los hombres es irritante, me levanto y cedo –con los pies medio adoloridos- mi asiento.
En realidad lo hago porque cuando esté en esa situación no me gustaría viajar parada. Mi madre siempre recuerda que en una ocasión tuvo que viajar embaraza de seis meses, con mi hermano de 2 años y parada en un bus repleto de gente indiferente. ¡Qué indignante!

¿Existen los caballeros? O ¿solo es un mito urbano que un grupo de damas se inventó en alguna época? Y si los hay, ¿en qué medio de transporte viajan? Por lo menos en Quito, no es usual encontrase con uno.
¡Un momento! Una vez conocí a uno. Fue cuando de regreso a mi casa me subí a un bus con un terrible malestar estomacal. A penas entré al vehículo, empalidecí y tuve nauseas. Sin darme cuenta me paré junto a un chico que al verme descompuesta me cedió el asiento. Le estoy muy agradecida.